viernes 10 de julio de 2009

Lorenzo Silva: “Defenderé el canon digital hasta que se encuentre otro método más apropiado” (1)

Con 43 años, el escritor madrileño Lorenzo Silva ha vencido en las dos categorías del Premio Nadal y su obra, más de veinte libros entre novela, ensayo y relato, ha sido traducida a siete idiomas (ruso, francés, alemán, italiano, griego, catalán y portugués). Como guionista ocasional de cine y televisión (estuvo nominado al Goya), se permite ahora dar clases de adaptación cinematográfica en su adorado Getafe, donde pudimos conversar sobre su producción literaria y otros temas.

"Entrevistar a un escritor no es tarea fácil. Son gente charlatana, a menudo con dificultades para concretar los mensajes, y que tiende a dar demasiada importancia a sus propias historias”. Uno lee estas palabras que el novelista Lorenzo Silva (Madrid, 1966) escribió hace unos meses en su blog y se pregunta por la cara con la que ha de enfrentarse a la entrevista que tiene concertada con él desde hace dos semanas, con motivo del curso sobre adaptación literaria en el cine que lo ha traído de regreso a Getafe, a su Madrid natal.

Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense, el salto a la fama le llegó a Lorenzo Silva en el año 1997, cuando quedó finalista del Premio Nadal por La flaqueza del bolchevique. En un principio, lo que parecía un pasatiempo que compaginaba con su trabajo como abogado de una empresa energética se convirtió en su profesión tras obtener de nuevo el galardón de la editorial Destino, esta vez como ganador absoluto, con El alquimista impaciente, en 2000. Es, junto a Manuel Vicent y Ana María Matute, el único escritor que se ha hecho con las dos modalidades del Nadal. Le comento que el vencer con la novela de los agentes Bevilacqua y Chamorro ha debido ser lo que ha “anulado” la leyenda negra que circula por Internet y que dice que los finalistas del premio de la editorial Destino están gafados y que, tras conseguir dicho reconocimiento con una novela, están condenados al olvido de los lectores. Él no conocía la anécdota y se muestra interesado por ella (“o sea, que si no ganas el premio general, ¿estás gafado?”), de la misma manera que se soprende por mi camiseta de Pac Man, el “comecocos” de toda la vida, y ríe la estética retro que ésta trae consigo.

PREGUNTA: Comencemos por su primera novela, La flaqueza del bolchevique. La escribió cuando no tenía siquiera treinta años. Pocos años más le echamos al protagonista los que hemos leído la novela, que se nos presenta al principio como un desengañado y hastiado de la vida. ¿Le pasaba lo mismo a tan corta edad? ¿Había algo de usted en él?

RESPUESTA: Yo es que siempre he ido diez o doce años por delante (risas). No, mi estado vital era mucho mejor en aquel momento: acababa de cambiar de trabajo para tener más tiempo libre, me acababa de casar y todo parecía prometedor. Sin embargo, sí había visto esa sensación [la del protagonista] en gente mayor que yo.

P: ¿Se inspiró entonces en otras personas? Es que cuesta identificarle así, ahora, con su protagonista.

R: Sí. Yo así establecía la hipótesis de qué me podía pasar a mí dentro de unos años.

P: Pues en unos años las cosas cambiaron, pero para bien: en el año 2000 ganaría el Premio Nadal por El alquimista impaciente, el segundo de los libros que nos ha traído hoy a este curso de adaptación cinematográfica. Pertenece a una serie de cuatro novelas y un volumen de relatos cortos sobre una pareja de guardias civiles, Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. De este dúo se han escrito estudios y tesis doctorales, además del apoyo más que favorable de los lectores. ¿Qué opinión tiene de este reconocimiento?

R: Yo creo que lo que ha sucedido es que no se esperaba en la novela española una pareja de guardias civiles cuando ellos aparecieron; de ahí su éxito. Policías modernos, simpáticos… Quizá tuvieron esa repercusión desde el principio por ese componente de sorpresa, de no ser lo que tocaba hacer.

P: ¿Por qué eligió a dos guardias civiles para escribir novela negra?

R: Porque me parecía distinto, porque me parecía más original y porque me parecía más real. Yo ya había leído muchas historias de detectives, de llaneros solitarios y de gente que no tenía jefes o lo hacía todo a su aire. Pensé que a lo mejor era el momento de presentar a un personaje que pertenece a una organización jerarquizada, que tiene que obedecer a su jefe y que no puede hacer lo que le dé la gana. Y es que ese personaje forma parte de la realidad criminal española.

P: Y con ellos abrió un nuevo camino en la novela española en general y en la novela negra en particular. ¿Qué siente al haberlo hecho?

R: Siento que he contribuido a normalizar algo que hacía falta. La gente se había acostumbrado a creer que la policía y el ejército eran patrimonio de una sola parte del país y que los utilizaba contra la otra. Había llegado el momento de superar eso, de entender que la policía de un país democrático era de todos y que nadie podía utilizarla de ariete contra los demás.

P: Entonces, ¿era simplemente dar una mejor imagen de la Guardia Civil?

R: Una imagen normalizada, no diría que mejor. Mire, hay gente que tiene una imagen satanizada de la Guardia Civil, y otra que la tiene idealizada. Yo no perseguía con mis personajes la idealización, en la que no creo, ni la satanización, que no me interesa. Así, yo buscaba una imagen más fiel a la realidad.

De la segunda novela de la serie, El alquimista impaciente, Patricia Ferreira dirigió una película basada en el texto original de Silva, que no actuó en la redacción del guión como sí ocurrió con La flaqueza del bolchevique (por la que estuvo nominado junto a su director, Manuel Martín Cuenca, al Goya al Mejor Guión Adaptado). Cuando se le pregunta por este “vástago de su hijo”, se muestra distanciado por lo que implica no haber participado de forma tan directa como en el filme de Martín Cuenca. Sí opina que él hubiese hecho algunas cosas “de otro modo; pero yo no soy director de cine”, sin querer entrar en detalles. A pesar de ello, defiende la solvencia de la cinta de Ferreira y la considera “muy fiel” a la novela, que es lo que él pide a este vuelco de la literatura al cine. Sabe lo difícil que es adaptar un libro en el celuloide, de eso ha ido a hablar a Getafe frente a sesenta alumnos, y por ello prefiere no lamentarse, haciendo caso a las palabras que un día, como si fuera su madre, le dijo la escritora Almudena Grandes: “Tú no te quejes, que te parto la cara”. Y ella también habla con la voz de la experiencia.




Roberto Enríquez e Ingrid Rubio en una escena de La flaqueza del bolchevique (fuente: Saborizante.com)

P:
Lleva razón, es muy difícil. ¿Qué opina sobre la adaptación de literatura en la gran pantalla?

R: El cine necesita historias, y es normal que las busque en la literatura.

P: Gabriel García Márquez no deja que se lleve al cine Cien Años de Soledad. ¿Haría lo mismo con alguna de sus novelas?

R: En principio no, aunque tampoco cedería mis novelas para un proyecto que no me interese o que esté en contra de lo que yo he querido contar en esas novelas. Yo desdramatizo mucho esto [no ceder los derechos cinematográficos de sus libros], porque con una mala adaptación no se altera la novela o las percepciones del que la haya leído.

P: Volvamos a la literatura. Dos años después de ganar el Premio Nadal por El alquimista impaciente dejó su trabajo para dedicarse por completo a la escritura. ¿No cuesta abandonar un empleo estable que da de comer y que parece tan seguro?

R: Puede parecer que sí, pero yo lo hice cuando creí que podía vivir de la literatura.

P: ¿Y cuándo lo creyó?

R: Cuando nació uno de mis hijos y pedí una excedencia por paternidad para así verlo más. No podría con la compatibilización de mi trabajo y de la escritura. Se terminó y no la renové, porque vi que me ganaba la vida con la literatura, con lo que quería hacer. En el año que duró la excedencia noté que me daba para pagar mis facturas y para cubrir las necesidades de mis hijos y las mías, así que no tenía sentido no tener ni un minuto libre cuando el oficio que me interesaba servía para mantener a mi familia.

P: En su obra ha dedicado una trilogía a la ciudad de Getafe, que lo vio crecer. Consiguió escribir tres preciosas y exitosas novelas sobre una localidad anodina. ¿Qué herramientas hay que tener para conseguir esto con otras urbes tan “corrientes”?

R: Ser un contador de historias. Tener una mirada, un oído y una intuición de que hay algo más allá: no quedarse en la superficie de las cosas, en la imagen estereotipada. Levantarla y mirar debajo.

P: ¿Qué supuso para usted escribir esa trilogía?

R: Querer rendir un homenaje a mi ciudad. Me hacía ilusión demostrarle a la gente que tú “hacías ciudad” contando una historia sobre ella, no simplemente levantando polideportivos, monumentos o hipermercados.

miércoles 8 de julio de 2009

Ejercicios de Comunicación

Voy a empezar a colgar aquí, bajo la etiqueta "Ejercicios de Comunicación", aquellas prácticas que hagamos en la carrera, que tengan relación con el mundo de la comunicación y que crea que pueden ser interesantes o curiosos para el internauta, como aquellos anuncios que grabamos hace ya más de un año. Comenzamos con la entrevista que le realicé al escritor Lorenzo Silva el pasado mes de marzo, con mejor o peor suerte y que se publicará en dos partes, el viernes y el domingo.

¡Un saludo!

lunes 6 de julio de 2009

Puertollano

Desde que fui engendrado estoy vinculado a Puertollano. Una vez concebido, mi vida se unió a esta localidad de Ciudad Real.

¿Por qué? Bueno, mis abuelos emigraron allí en busca de una vida mejor (ya se sabe: éxodo rural, búsqueda de trabajo, dinero...), y con ellos fue mi madre, que tenía entonces tres años. Ella se crió allí, vivió en esta localidad minera manchega hasta que se casó con mi padre, veintitrés años después de su partida, para volver así a Torrecampo.

Aquí podría terminar la historia. Simple, sin emoción, sin nada que muestre al lector un vínculo lo suficientemente fuerte del autor de este texto con Puertollano. Sin embargo, la historia no acaba así, ni tiene todos los detalles. Va más allá, y contiene más "sustancia".

Puertollano era para mí, en los lejanos días de mi infancia, una especie de lugar magnificado por la relativamente corta distancia (está a aproximadamente una hora en coche desde Torrecampo), su tamaño y su población. En un principio, Puertollano era simplemente el lugar al que en ocasiones iba con mi padre y con mi hermano a recoger a mis abuelos (ellos siguieron viviendo allí, después de la boda de mis padres y hasta hace pocos años) cuando venían a pasar unas semanas al pueblo. Mi infantil cuerpo revuelto y el antiguo estado de la carretera, por buscar un chivo expiatorio, hacían que vomitara en todos los viajes. Es uno de los primeros recuerdos que tengo de Puertollano: los vómitos.

Omitiendo tan sugestiva evocación, Puertollano era y significaba mucho más para mí en mi infancia y en mi pubertad, encajonado en esa especie de halo de mito. Recuerdo incluso que, en una ocasión, insistía una y otra vez a un maestro en que yo había nacido allí. El pueblo de las dos mentiras (porque ni tiene puerto, aunque aquí algunos discreparían, ni es llano) era el sitio donde yo anduve por una cinta mecánica (la del centro comercial Continente, que ahora es un Carrefour) o vi un tren, el AVE, por primera vez. Mientras probaba el agua de la Fuente Agria, paseaba por las altas pilas de libros del Simago o buscaba un traje de primera comunión en galerías comerciales, oscuros pasadizos donde las tiendas de moda sacramental se alternaban con las pastelerías que vendían tartas de cumpleaños muy diferentes a las que había comido aquí, en el pueblo.


La Fuente Agria

En Puertollano estaba y está, además, parte de la familia de mi madre, porque mi tío Jacinto también estuvo viviendo allí, con su esposa, mi tía Rosa, y sus siete hijos. Así, recuerdo ir a visitarlo a casa del varón mayor, Pedro, de la misma manera que cuando íbamos a pisos de torrecampeños que habían emigrado a la ciudad o como cuando fuimos en una ocasión fugaz al mercadillo de los sábados, que parecía interminable en comparación con el del pueblo.

Sus fiestas las oíamos, que no las sentíamos. Y así yo supe que en septiembre había una feria en honor a la Virgen de Gracia, porque mis abuelos se iban entonces para ella y querían que mi hermano y yo también nos fuéramos, pero nunca nos dejaron. Y en mayo, mi abuela nos traía El Voto, un chusco de pan bendito.

De repente, Puertollano desapareció de mi existencia. Desde que una noche, con doce o trece años, tuve que dormir allí para coger al día siguiente un tren a Madrid. Punto y final. A partir de ese momento (curiosamente, la única velada que pasé durmiendo con "el Mazinger Z", el monumento dedicado al minero que hay enclavado en la piedra), perdí el contacto con la siempre desconocida familia de mi madre y no volví por sus calles hasta que años después, en los diecisiete, tuve qe volver para tomar otro tren. Mis abuelos, mientras tanto, ya se habían asentado definitivamente en el pueblo. Puertollano dejó de tener una significación cualquiera.

Hasta ahora. El curso pasado, Jesús me decía "ey, pues hay uno de Puertollano" cuando le contaba que yo tenía familia allí, y me señalaba a ese tal "uno" en la lejanía. El tiempo, el roce en las clases, los trabajos de la carrera que hacíamos juntos... hicieron que se forjara una gran amistad con César, ese "uno de Puertollano". Yo le hablaba del Simago, y él me decía que se había convertido en un Carrefour Express; le describí el lugar donde vivieron mis abuelos y calculó una distancia de diez minutos a su casa. Y cuando el verano pasado estuvo en Torrecampo, descubrimos que mi madre y él habían ido al mismo colegio: el "Generalísimo Franco" donde mi madre cantaba el Cara al Sol con su primo Jaci mientras le daban un cartón de leche se había convertido en el "Giner de los Ríos".

El miércoles me toca empezar a cobrarme una invitación de César que lleva bastante tiempo ofrecida y que hasta ahora, por muy diversos motivos, no se ha podido disfrutar. Volvemos a algunos lugares de la infancia. El destino, pero las cosas han cambiado mucho. Afortunadamente.

¡Un saludo!

viernes 3 de julio de 2009

El jinete polaco

He terminado de leer estos días El jinete polaco, la enorme novela con la que el ubetense Antonio Muñoz Molina ganó el Premio Planeta en 1991. No la he leído por haber recibido tal distinción (es más, me enteré de que había recibido dicho galardón cuando lo tomé prestado de la biblioteca de la facultad y lo vi reseñado en las guardas), sino porque pertenece a una especie de trilogía particular que del autor jiennense me hizo Juan, el padre de José Luis, cuando estuvimos en la tierra de los olivos (1, 2, 3 y 4). Así, me dijo que no podía pasar sin leer El invierno en Lisboa, Sefarad y la que hoy nos ocupa.

El invierno en Lisboa ya fue consumida. Es, sin entrar en sesudas interpretaciones, una historia de amor triste contada de la forma más triste y melancólica posible; pero a la vez, inexplicablemente, con una soberbia belleza narrativa que parece contradictoria a lo que acabo de decir. Cuando empecé El jinete polaco, que me acompañó durante todo el periodo de exámenes, tenía todavía en la mente el recuerdo de la historia del músico de San Sebastián. Así, quizá por el poso que había dejado la segunda novela del narrado, quizá por lo complejo de su estructura inicial, repudié durante las cien primeras páginas este nuevo libro. A pesar de ello, conforme las tramas de la historia se fueron desarrollando y su sentido aclarando, me fui enamorando de los personajes y sus desventuras en esa imaginaria Mágina (un trasunto de la Úbeda en que se crió el autor, con lugares que yo reconocí de mi último viaje a la localidad, en enero). Convertí el caleidoscopio de Manuel y Nadia, los protagonistas, en mi novela favorita.

¿Por qué? Bueno, hasta que llegue otra historia que arrebate este puesto a El jinete polaco, quizá se merezca la distinción por el fuerte sentimiento de identificación con el narrador de la historia, el susodicho Manuel. No me pasaba algo parecido desde que me reconocí en el Fábregas de algunos pasajes de La isla inaudita (una novela que tuvo que rumiar mucho en mi cabeza para poder decir que me gustaba tanto como otras "serias" del autor, pero que ahora se encuentra entre mis favoritas del barcelonés). Sin embargo, las semejanzas y las vinculaciones aquí son más estrechas, más fuertes y a la vez más claras.

Sólo alguien que haya vivido en el campo o conozca de forma profunda la vida en él comprendería todo lo que encierra El jinete polaco. Yo no lo he vivido de forma directa, pero lo he escuchado de boca de mi padre, mis tíos o mis abuelos, o he leído múltiples historias en El Celemín. Así, los trazos autobiográficos que Muñoz Molina utiliza para describir su valle del Guadalquivir se podrían usar en el norte de Córdoba. Las huertas, las cosechas, el levantarse temprano, el uso de la fuerza animal cuando no había o no se podía comprar maquinaria... Todo forma parte de una particular memoria histórica, una descripción que se me ha narrado constantemente y hasta el hartazgo. Yo lo he conocido, pero no lo he sufrido. Y lo que se me ha contado de miles de maneras, con las palabras "terruñeras" de las que hablaba Unamuno, lo hace Muñoz Molina con un bello lirismo que me embriaga, con una poesía que canta a la memoria (tema omnipresente en la novela) con notas de nostalgia, de añoranza por uan época irremediablemente perdida pero que perdura en el recuerdo de nuestros mayores.

Eso por un lado. Después está mi plena identificación personal con el protagonista, Manuel. Él también se marcha de su pueblo natal para irse a estudiar a Madrid, y llega un momento en que no se siente vinculado a una patria chica, ni a su lugar de nacimiento ni a la ciudad a la que tanto ansió emigrar desde un lugar que se le hacía pequeño: atrás quedaron las amistades, demasiado debilitadas por el paso del tiempo y un mal cuidado para que perduren. ¿No me resulta familiar? ¿No me parece que me ha pasado lo mismo?

El jinete polaco es para mí una novela de sentimientos encontrados, donde veo un momento perdido que se me ha arrebatado de forma furtiva y quizá para siempre.

¡Un saludo!

viernes 26 de junio de 2009

Porto (2)

Y una vez citado, hay que detenerse a hablar del río Duero, que desemboca al Océano Atlántico en Oporto. A sus dos orillas creció la ciudad y otras ciudades que nacieron con la expansión de ésta. En las márgenes, conectadas por numerosos puentes entre los que destacó para mí la prodigiosa estructura de hierro del de Luis I (a los lados, fotos que disparé desde un funicular y cruzándolo), florecen edificios de alturas distintas, muy pegados entre sí, que forman un mosaico de piezas dispares pero con una armonía intrínseca inexplicable; no daña a la visa, como decía antes del centro urbano. Hacía mucho viento, pero el atardecer y los juegos de luces merecieron la pena. Allí hice estas fotografías:


Y eso es Oporto. Nos podemos llevar una ciudad en la retina y un gusto de bacalao rebozado, francesinhas, Coca-Colas en botella de 330 mililitros (lo mismo que una lata española del refresco) por un euro (¿cuánto cuestan aquí estos envases de cristal? ¡Vamos, asómbrense!) o finos (cañas de cerveza de un tamaño considerable) por cincuenta céntimos en el paladar. Pero también un buen puñado de personajes conocidos y anécdotas para el recuerdo.

Sorprendía que algunos porteños huyeran cuando se les preguntaba por una determinada dirección. De ahí que haya que destacar a dos personas que nos hicieron la estancia en Oporto más fácil.

Uno de ellos es Costas, el simpático borracho comunista que nos invitó a una tapa de suculento bacalao rebozado y nos guió hasta el mercado de Oporto y hasta el Café Majestic, uno de los más antiguos de la ciudad.































La otra es una de las conductoras del servicio de tranvías, que pacientemente nos ayudó en su horario de servicio a orientarnos con el fin de que pudiéramos llegar hasta el río Duero. Muy maja. Incluso aceptó a posar con nosotros para una fotografía.


Sin olvidar a los estudiantes españoles que, de Erasmus, nos quisieron guiar por la fiesta nocturna de la ciudad y entre los que podemos destacar a la ebria sevillana que se empeñaba en hablar portugués con un cerrado acento andaluz (le daba igual que le dijéramos que éramos españoles y que nos podía hablar en la lengua castellana) y el vallisoletano cuyos genitales fueron manoseados descaradamente por una pizpireta gitana que vendía flores; o el camarero que me enseñó a jugar al billar horas antes de tomarse un chupito con nosotros.

No podremos olvidar, en el inventario de anécdotas para el recuerdo, el metro que iba sobre la tierra. O a Fausto invocando la lluvia con una especie de canción india, justo cuando el agua nos caía, bailando en círculos por medio de la calle; pidiendo chupitos gratis en la cocina de un restaurante al grito de "¡¡¡Que si nos invitáis a un chupito!!!" (¿dónde y cómo creían ustedes si no que un camarero había brindado por Portugal con nosotros?);contándonos las bizarras iniciativas de su padre mientras hacía el Camino de Santiago o filosofando sobre el lenguaje ("La gente ya no dice 'follar' o 'hacer el amor', sino: '¿Te llevo a tu casa?'). Y también, la bodega de degustaciones gratuitas que, literalmente, cerró ante nuestras narices: a las seis de la tarde, un portón de hierro se deslizaba ante la entrada, mientras nosotros corríamos hacia ella.

Y todas aquellas vivencias que ahora no puedo recordar o que no deseo traer a la memoria...

¡Un saludo!

lunes 22 de junio de 2009

Porto (1)

Oporto nos recibió en una mañana nublada. No tuve mejor ocurrencia en ese alba gris que la de besar tierra (mejor dicho, cemento) portuguesa nada más bajar del avión. Como el Papa.

Tras abandonar un aeropuerto que recordaba a la T4 en partes de su diseño y estructura, las experiencias y las anécdotas se pueden suceden una detrás de otra, a cada cual más extravagante o surrealista, enmarcadas en una climatología adversa que no nos dio tregua. Pero antes de nada habría que describir el paseo por las calles de la ciudad.

Oporto, Porto para los portugueses, es una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en la que se mezclan edificios de todas las épocas con fachadas forradas de vistosos azulejos. Algunos de los inmuebles están en mal estado, bastante deteriorados, como bombardeados en una cruenta guerra y no reconstruidos tras ella. Choca esta conservación de edificios antiguos con la impronta de Patrimonio Mundial que le dio el organismo cultural de las Naciones Unidas. Sin embargo, las pintadas y los grafitis en dichas casas, los tejados derrumbados y la visión de algunas casas con sabor a decadencia, a muchas décadas pasadas, dan a Oporto otro aire, la otra cara de la moneda, la contrapuesta a la belleza canónica que todo turista encuentra en las guías de viajes. Para muestra, un botón: obviando las callejuelas "secundarias del centro de la ciudad, habría que pasear una tarde de finales de primavera por ese barrio de infraviviendas que se encuentra en una orilla del Duero, cuando el sol ha caído y el cielo es de color malva. La miseria es patente, nadie querría vivir allí; sin embargo, estas calles, que se asoman al río al que cantó Gerardo Diego, tienen un encanto particular que sorprenden y pueden que enamoren al que no haya visto nada así.


Un ejemplo de lo que acabo de describir, disparado por mí

jueves 18 de junio de 2009

Seguimos en antena

No he desaparecido. Este verano no lo haré, y menos de imprevisto en caso de que así fuera. Sólo tengo que reubicarme después de mi regreso de Oporto y de estos días en que he enseñado a José Luis algunos pueblos de Los Pedroches (por cierto, Jose: ¡Gracias de nuevo por ser nuestro guía en Villanueva del Duque!). La semana que viene espero estar en activo de nuevo.

¡Un saludo!

lunes 8 de junio de 2009

Oporto

Cuando ustedes lean esto, yo estaré en Portugal. Concretamente, en Oporto. ¡Nos vemos!

sábado 6 de junio de 2009

Finito

Ayer terminamos los exámenes del segundo cuatrimestre. Con ello han desaparecido cuatro meses de intenso trabajo y esfuerzo universitario. Contar la vorágine de esos cerca de ciento veinte días se merece una entrada o dos bien reflexionadas. Quizá no nos podamos limitar a estas semanas tan tumultuosas y sí hacer un resumen de este año tan intenso.

A no ser que ocurra una desgracia de última hora, mañana marcho para tierras lusas. Oporto nos espera a mí y a otros nueve amigos. La ciudad del Duero nos espera para despedir este curso que nos deja un mal sabor de boca y recargar las pilas.

¡Un saludo!

jueves 4 de junio de 2009

Dame más cine, por favor

En estos días de estudio he visto parte del cine que he querido ver durante todo el cuatrimestre y no he podido. Desde que vi Trainspotting, de Danny Boyle, en esos días intermedios en que no se hace nada para clase pero tampoco se empieza a estudiar, han sido como unas quince películas las que he alternado con series, libros y otras experiencias varias que se alejan del continuo hincamiento de codos.

Así, por aquí han pasado las almodovarianas Tacones lejanos y La flor de mi secreto. A esta última película le falta algo, es como si cojeara (Marisa Paredes no, desde luego). Aun así, tiene momentos memorables como esta secuencia protagonizada por Rossy de Palma y Chus Lampreave. El fragmento de la película estaba en Youtube, pero lo han eliminado. Si se pueden conformar con esta imitación, que se le aproxima algo...



También vendrían otras que tenía pendientes desde hace algún tiempo: Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, y El Gran Lebowski, de Joel Coen. Con el tema de los títulos de crédito del primer filme me sucede que lo conozco desde pequeño y no sabía que era utilizado en esta cinta, hasta que me lo dijeron hace unos años (con la consiguiente recomedación para que la viera). A ellas hay que añadir la muy divertida comedia española Torremolinos 73, de Pablo Berger. Y para finalizar, El marido de la peluquera, por acostumbrar el oído al idioma francés. Lo que vengo haciendo estos cuatro meses con Radio Francia Internacional, vamos.






Estas películas las tomaba prestadas de la biblioteca de la facultad. También había otros métodos, de los ilegales, ustedes me entienden (¿decir esto es indicio de delito? ¿Va a venir la SGAE a por mí?)... Así vi La sombra del poder con David, o Camino en la soledad del piso. Por el ídem se quedaron otras que no pude ver por diversos motivos: el DVD estaba rayado (The Queen, de Stephen Friars), no me terminó de convencer la película (Pequeña Miss Sunshine, puede que algún día la termine de ver), o prefería, en estos últimos días de examen, ver series antes que otro film (Nueve reinas).

Y para finalizar, y con el fin de matar dos pájaros de un tiro, vi tres películas clásicas para actualizar el blog Las noches americanas:

martes 2 de junio de 2009

La ventana indiscreta


No sé si han visto La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock. A grandes rasgos, es la historia de un reportero gráfico, interpretado por James Stewart, que observa a sus vecinos mientras permanece impedido en una silla de ruedas. Así, a través de sus prismáticos o de su teleobjetivo, los verá bailar, componer una partitura, deprimirse, hacer el amor... o asesinar. El personaje de Steawart vigilará a un vendedor ambulante, recreado por Raymond Burr (el televisivo Perry Mason), al que responsabiliza de la muerte de su esposa, que ha desaparecido de repente.



El filme no es simplemente la historia de un posible homicida; siempre se ha querido ver en ella algo más, o más bien el director inglés quiso transmitir otras interpretaciones: una alegoría del trabajo del director de cine, del propio Séptimo Arte, de los fotógrafos, del mundo de la fotografía... o del espectador. Del cotilla. Del voyeur.

Estos días de estudio, encerrado en el piso, ha salido en ocasiones la vena voyeurista que todos llevamos dentro. O más bien mi arteria de despistarme, a veces, con el vuelo de una mosca. Ya lo dijo el director de La muchacha de Londres a François Truffaut en la célebre entrevista mantenida entre ambos: pocos serían los que, minutos antes de acostarse, vieran a una mujer que se desnuda al pasar por una ventana de su casa y no se detendrían a contemplarla. En mi caso, la gente no se desnuda frente a sus terrazas; lo común es que salgan para tender o recoger la ropa, pero con el buen tiempo se muestran desayunando Special K descamisados o viendo la tele al caer la noche, con la luz apagada, iluminados por el resplandor azul pálido del tubo catódico y refrescados por la brisa de estas noches de mayo. A veces, también toman el fresco mientras escuchan en la lejanía la música de las fiestas de Getafe. Y la mayoría de las veces se escucha el melifluo sonido de una flauta travesera.Y como uno se despiste, malo: hay que recordar que estábamos frente a unos apuntes, un libro, una serie o una película.

Yo me siento en ocasiones como ese Jeffries del que se caracterizó Stewart. Soy la cámara subjetiva que fueron sus ojos, o quizá el visor de Hitchcock que filma sin juzgar los comportamientos residenciales. Probablemente ellos también me espíen, me contemplen ocasionalmente al cambiarme de ropa o al estudiar. "Somos una raza de mirones", decía de gran forma filósofa el personaje de Thelma Ritter en la película. Y no puedo estar más de acuerdo, aunque también es verdad que intentamos evitarlo. Mientras tanto, intentaré no posar mi mirada más allá del cristal y seguir con la rutina de hincar los codos con los dos temarios que me quedan sobre el escritorio. El viernes terminamos los exámenes.

¡Un saludo!

domingo 31 de mayo de 2009

Ya no sé

Ya no sé si es domingo, lunes o viernes. Se ha roto el flujo del tiempo y me pregunto en ocasiones en qué día vivo. La dinámica tediosa del estudio hace que me desembarace de los brazos de este mundo normal. A ver si las cosas vuelven a su sitio y volvemos a saber que después del lunes viene el martes.

viernes 29 de mayo de 2009

Vuelva usted mañana

Aquí estoy, como prometí. No sé cómo empezar a contar el estado de papeleo burocrático al que he estado sometido estos diez últimos días. Creo que lo obvio será empezar por el principio de los tiempos, como decía Manolito Gafotas.

Esta entrada va, además, como particular homenaje a Larra en el bicentenario de su nacimiento, ahora que tantos actos hay para conmemorar dicha fecha, y a uno de sus artículos periodísticos más célebres y recordados de su obra, el Vuelva usted mañana. Nunca creí que me podía sentir tan identificado con la situación que se expone en él como ahora.

Las cosas sucedieron "tal que así", de manera rápida. El martes de la semana pasada teníamos concertada mi compañera Nerea y yo una reunión con nuestro coordinador de la beca Erasmus para discutir el plan de estudios. Había un pequeño inconveniente en él: que al ser nosotros de la doble licenciatura pero al poseer la beca sólo por Comunicación Audiovisual, tenía que preguntar a la profesora que coordinaba a los periodistos outgoing franceses si él podía convalidarnos las asignaturas de Periodismo que nosotros queríamos estudiar en Francia. Vale, de acuerdo, esperamos. Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo.

Hasta ahí todo bien. Sin embargo, el profesor olvida enviar nuestra propuesta de convalidación a la tutora de las universidades galas: debido a todo el ajetreo de los exámenes, lo había olvidado. ¡Cáspita! De eso no nos enteramos hasta este lunes (dijo Fïgaro: Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar). Dicha tutora nos dice que tenemos que ir al SERINT (Servicio de Relaciones Internacionales de la Universidad) para que nos asignen un tutor de Periodismo y, a la vez, tenemos que pedir en Francia los programas de las asignaturas que queremos convalidar. De acuerdo, aunque bastante preocupados porque la fecha límite para entregar los papeles terminaba el día 31 de mayo. O sea, este domingo. Es decir, mañana.

Nos asignan un tutor el martes. Es, cómo no, la profesora encargada de los estudiantes de Periodismo que se marchan a Francia. Pero... ¡mecachis! Cuando voy a su despacho para decirle que es nuestra nueva coordinadora (habría quien preferiría otras noticias más halagadoras, obviamente), me comenta que no le han dicho nada en el SERINT y que tenemos que esperar a que ella se ponga en contacto con los administrativos del Servicio. Eso sí, de forma muy amable :). Además, me advierte (Nerea estaba imprimiendo contratos de estudio como quien fotocopia su culo) de que es posible que no se pueda hacer nada, porque no hay firmados convenios de colaboración para los estudios de Periodismo de ambas facultades, cuando sí los hay para los estudios de Comunicación. "¿Y cuándo venimos a su despacho?", le pregunto. "El jueves". "Es que el plazo termina el domingo". "Pero yo mañana tengo examen y estoy todo el día metida en aula". Ahí fue cuando me acordé del Vuelva usted mañana. El tiempo se agotaba.

Jueves, 11 de la mañana. Despacho de la nueva coordinadora (el anterior sigue siéndolo; no se preocupen, no me he olvidado de él). "La chica simpática", como la llamaremos a partir de ahora en agradecimiento a su desinteresada participación en este embrollo (ojo, que no es ironía), me dice que lamentablemente no se puede hacer nada al no haber convenio de colaboración firmado. ¡¡¡Horror!!! No nos queda otra que volver al despacho de nuestro coordinador y elaborar un contrato de estudios alternativo, por lo que parece. Nos da esta profesora, eso sí, unas pautas para adaptar el formulario a nuestros deseos.

11:20 de la mañana. Salimos del despacho de nuestro coordinador con el contrato que le habíamos presentado hacía una semana, antes de hablar con la otra profesora, aceptado. Sin palabras. Increíble. Los papeles podrían estar ya en Francia. No me explico nada. Me dan muchas ganas de besar a este profesor. Bon voyage, nos dice al despedirnos.

Prefiero olvidar que, a las dos de la tarde, después de haber mandado los papeles por correo a Francia, nos llega un correo del coordinador en el que nos dice que el contrato está mal redactado, que hacen falta más asignaturas (lo tenía que contar, de todos modos; como decía Larra: Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión). La tarde del jueves fue de infarto: temía que al abrir el correo electrónico de la facultad tuviera un nuevo mensaje de mi coordinador. Así que el viernes tocaba volver a su despacho para firmar nuevos papeles que tendríamos que mandar más allá de los Pirineos para reemplazar a los recién despedidos. Entre tanto mal, pude pedir los papeles para votar en las elecciones europeas (habrá más de un euroescéptico que piense que esto también es un mal).

Con las emociones de tener toooooodos los papeles rubricados, como me decía Nerea, casi olvido el sello definitivo de la Universidad, que lo estampaban en el SERINT. Por cierto, por si se me olvida: la mitad de mi copia del contrato de estudios la tiene mi compañera de Salamanca.

Esta ha sido mi pequeña aventura con la burocracia europea después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación, o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana. Al borde casi de la desesperación en muchas ocasiones, con demasiadas preocupaciones en la cama. Podemos confirmar que Larra tiene sosias como su Monsieur Sans-Délai (qué casualidad, un galo) en la Universidad Carlos III de Madrid. Pero felices, por fin. Quiero dar las gracias a Kialaya, que me dio ánimos en un comentario. También a los profesores, secundarios de lujo en esta disparatada obra de teatro. Ahora, cuando lleguemos a Lyon (si es que llegamos), nos cambiarán el contrato de estudios de arriba abajo y no tendremos plaza en una residencia. Sin embargo, como decía Michael Ende en La historia interminable: "Esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión".

miércoles 27 de mayo de 2009

Deadline (2)

Cuando me tranquilice este fin de semana (si es que puedo), les cuento todas mis andanzas y desventuras con el papeleo burocrático de la beca Erasmus. Tenemos para rato.

¡Un saludo!