"Entrevistar a un escritor no es tarea fácil. Son gente charlatana, a menudo con dificultades para concretar los mensajes, y que tiende a dar demasiada importancia a sus propias historias”. Uno lee estas palabras que el novelista Lorenzo Silva (Madrid, 1966) escribió hace unos meses en su blog y se pregunta por la cara con la que ha de enfrentarse a la entrevista que tiene concertada con él desde hace dos semanas, con motivo del curso sobre adaptación literaria en el cine que lo ha traído de regreso a Getafe, a su Madrid natal.
Licenciado en Derecho por la Universidad
Complutense, el salto a la fama le llegó a Lorenzo Silva en el año 1997, cuando quedó finalista del Premio Nadal por La flaqueza del bolchevique. En un principio, lo que parecía un pasatiempo que compaginaba con su trabajo como abogado de una empresa energética se convirtió en su profesión tras obtener de nuevo el galardón de la editorial Destino, esta vez como ganador absoluto, con El alquimista impaciente, en 2000. Es, junto a Manuel Vicent y Ana María Matute, el único escritor que se ha hecho con las dos modalidades del Nadal. Le comento que el vencer con la novela de los agentes Bevilacqua y Chamorro ha debido ser lo que ha “anulado” la leyenda negra que circula por Internet y que dice que los finalistas del premio de la editorial Destino están gafados y que, tras conseguir dicho reconocimiento con una novela, están condenados al olvido de los lectores. Él no conocía la anécdota y se muestra interesado por ella (“o sea, que si no ganas el premio general, ¿estás gafado?”), de la misma manera que se soprende por mi camiseta de Pac Man, el “comecocos” de toda la vida, y ríe la estética retro que ésta trae consigo.
PREGUNTA: Comencemos por su primera novela, La flaqueza del bolchevique. La escribió cuando no tenía siquiera treinta años. Pocos años más le echamos al protagonista los que hemos leído la novela, que se nos presenta al principio como un desengañado y hastiado de la vida. ¿Le pasaba lo mismo a tan corta edad? ¿Había algo de usted en él?
RESPUESTA: Yo es que siempre he ido diez o doce años por delante (risas). No, mi estado vital era mucho mejor en aquel momento: acababa de cambiar de trabajo para tener más tiempo libre, me acababa de casar y todo parecía prometedor. Sin embargo, sí había visto esa sensación [la del protagonista] en gente mayor que yo.
P: ¿Se inspiró entonces en otras personas? Es que cuesta identificarle así, ahora, con su protagonista.
R: Sí. Yo así establecía la hipótesis de qué me podía pasar a mí dentro de unos años.
P: Pues en unos años las cosas cambiaron, pero para bien: en el año 2000 ganaría el Premio Nadal por El alquimista impaciente, el segundo de los libros que nos ha traído hoy a este curso de adaptación cinematográfica. Pertenece a una serie de cuatro novelas y un volumen de relatos cortos sobre una pareja de guardias civiles, Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. De este dúo se han escrito estudios y tesis doctorales, además del apoyo más que favorable de los lectores. ¿Qué opinión tiene de este reconocimiento?
R: Yo creo que lo que ha sucedido es que no se esperaba en la novela española una pareja de guardias civiles cuando ellos aparecieron; de ahí su éxito. Policías modernos, simpáticos… Quizá tuvieron esa repercusión desde el principio por ese componente de sorpresa, de no ser lo que tocaba hacer.
P: ¿Por qué eligió a dos guardias civiles para escribir novela negra?
R: Porque me parecía distinto, porque me parecía más original y porque me parecía más real. Yo ya había leído muchas historias de detectives, de llaneros solitarios y de gente que no tenía jefes o lo hacía todo a su aire. Pensé que a lo mejor era el momento de presentar a un personaje que pertenece a una organización jerarquizada, que tiene que obedecer a su jefe y que no puede hacer lo que le dé la gana. Y es que ese personaje forma parte de la realidad criminal española.
P: Y con ellos abrió un nuevo camino en la novela española en general y en la novela negra en particular. ¿Qué siente al haberlo hecho?
R: Siento que he contribuido a normalizar algo que hacía falta. La gente se había acostumbrado a creer que la policía y el ejército eran patrimonio de una sola parte del país y que los utilizaba contra la otra. Había llegado el momento de superar eso, de entender que la policía de un país democrático era de todos y que nadie podía utilizarla de ariete contra los demás.
P: Entonces, ¿era simplemente dar una mejor imagen de la Guardia Civil?
R: Una imagen normalizada, no diría que mejor. Mire, hay gente que tiene una imagen satanizada de la Guardia Civil, y otra que la tiene idealizada. Yo no perseguía con mis personajes la idealización, en la que no creo, ni la satanización, que no me interesa. Así, yo buscaba una imagen más fiel a la realidad.
De la segunda novela de la serie, El alquimista impaciente, Patricia Ferreira dirigió una película basada en el texto original de Silva, que no actuó en la redacción del guión como sí ocurrió con La flaqueza del bolchevique (por la que estuvo nominado junto a su director, Manuel Martín Cuenca, al Goya al Mejor Guión Adaptado). Cuando se le pregunta por este “vástago de su hijo”, se muestra distanciado por lo que implica no haber participado de forma tan directa como en el filme de Martín Cuenca. Sí opina que él hubiese hecho algunas cosas “de otro modo; pero yo no soy director de cine”, sin querer entrar en detalles. A pesar de ello, defiende la solvencia de la cinta de Ferreira y la considera “muy fiel” a la novela, que es lo que él pide a este vuelco de la literatura al cine. Sabe lo difícil que es adaptar un libro en el celuloide, de eso ha ido a hablar a Getafe frente a sesenta alumnos, y por ello prefiere no lamentarse, haciendo caso a las palabras que un día, como si fuera su madre, le dijo la escritora Almudena Grandes: “Tú no te quejes, que te parto la cara”. Y ella también habla con la voz de la experiencia.
P: Lleva razón, es muy difícil. ¿Qué opina sobre la adaptación de literatura en la gran pantalla?
R: El cine necesita historias, y es normal que las busque en la literatura.
P: Gabriel García Márquez no deja que se lleve al cine Cien Años de Soledad. ¿Haría lo mismo con alguna de sus novelas?
R: En principio no, aunque tampoco cedería mis novelas para un proyecto que no me interese o que esté en contra de lo que yo he querido contar en esas novelas. Yo desdramatizo mucho esto [no ceder los derechos cinematográficos de sus libros], porque con una mala adaptación no se altera la novela o las percepciones del que la haya leído.
P: Volvamos a la literatura. Dos años después de ganar el Premio Nadal por El alquimista impaciente dejó su trabajo para dedicarse por completo a la escritura. ¿No cuesta abandonar un empleo estable que da de comer y que parece tan seguro?
R: Puede parecer que sí, pero yo lo hice cuando creí que podía vivir de la literatura.
P: ¿Y cuándo lo creyó?
R: Cuando nació uno de mis hijos y pedí una excedencia por paternidad para así verlo más. No podría con la compatibilización de mi trabajo y de la escritura. Se terminó y no la renové, porque vi que me ganaba la vida con la literatura, con lo que quería hacer. En el año que duró la excedencia noté que me daba para pagar mis facturas y para cubrir las necesidades de mis hijos y las mías, así que no tenía sentido no tener ni un minuto libre cuando el oficio que me interesaba servía para mantener a mi familia.
P: En su obra ha dedicado una trilogía a la ciudad de Getafe, que lo vio crecer. Consiguió escribir tres preciosas y exitosas novelas sobre una localidad anodina. ¿Qué herramientas hay que tener para conseguir esto con otras urbes tan “corrientes”?
R: Ser un contador de historias. Tener una mirada, un oído y una intuición de que hay algo más allá: no quedarse en la superficie de las cosas, en la imagen estereotipada. Levantarla y mirar debajo.
P: ¿Qué supuso para usted escribir esa trilogía?
R: Querer rendir un homenaje a mi ciudad. Me hacía ilusión demostrarle a la gente que tú “hacías ciudad” contando una historia sobre ella, no simplemente levantando polideportivos, monumentos o hipermercados.

